«Es que tú eres muy tranquila…»: Por qué mi calma no significa que no me importe (y por qué no pienso ponerme a gritar).

Seguro conoces la escena. Tu hijo está haciendo un berrinche en la sala, o quizás ha decidido que no va a comerse la sopa frente a toda la familia. Tú respiras hondo, te bajas a su altura y le hablas con voz pausada. O tal vez, simplemente decides que esa batalla no vale la pena hoy y lo dejas pasar.

Y entonces, sientes las miradas. O peor, escuchas el comentario: «Ay, es que tú eres demasiado tranquila con él», «A mí esto no me lo hacían», o el clásico suspiro de tu madre o tu suegra que grita en silencio: «¡Haz algo! ¡Grita! ¡Imponte!».

En nuestra cultura, nos enseñaron que educar es sinónimo de controlar, y que preocuparse visiblemente es la medida de cuánto nos importa algo. Si no te ven estresada, corriendo o regañando, asumen que eres permisiva, que eres «dejada» o que tus hijos «te tomaron la medida».

Pero hablemos claro, de mujer a mujer: Mantener la calma no es debilidad, es una estrategia de titanes.

Lo que esas voces externas no ven es el trabajo monumental que estás haciendo por dentro. No ven que te estás mordiendo la lengua para no repetir los patrones de gritos con los que creciste. No ven que tu «tranquilidad» es en realidad contención emocional. Estás eligiendo ser el puerto seguro en la tormenta emocional de tu hijo, en lugar de unirte al caos.

Ser la «mamá tranquila» que critica la tía en la cena no significa que no haya límites. Significa que has entendido que los límites se aprenden mejor desde el respeto que desde el miedo. Significa que has decidido que tu hogar no será un campo de batalla.

Así que la próxima vez que te digan (o te hagan sentir) que eres «demasiado tranquila» o «muy permisiva» solo porque no estás perdiendo los estribos, sonríe. Estás rompiendo un ciclo generacional de reactividad. Estás enseñándole a tus hijos que se puede estar en desacuerdo sin violencia. Y si eso incomoda a los espectadores… bueno, que se revisen ellos. Tú sigue respirando.

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