El Sándwich Generacional: ¿Cómo crío a mis hijos sin traicionar a mi madre ni perderme a mí misma?

A veces me siento frente a mis hijos y me doy cuenta de que estoy improvisando. Tengo en una mano el recuerdo de cómo me educaron a mí: con una mirada bastaba, la autoridad era incuestionable y las emociones… bueno, las emociones se guardaban para después. En la otra mano, tengo libros, cuentas de Instagram y podcasts que me hablan de validación, apego seguro y neurociencia.

Y en medio de todo eso, estoy yo. Estamos nosotras. La «Generación Sándwich».

Estamos atrapadas tratando de filtrar lo que recibimos. Hay cosas maravillosas de nuestra crianza que queremos conservar: los valores, la lealtad familiar, esa resiliencia de hierro de nuestras madres. Pero también hay cosas que nos duelen y que hemos jurado (a veces en voz baja, a veces llorando en la ducha) que no vamos a repetir.

El problema es que, al intentar hacerlo «diferente», a veces nos sentimos solas y sin brújula. Nos da miedo ser demasiado blandas (como vimos en el artículo anterior) o nos sentimos culpables cuando, por puro agotamiento, nos sale el «piloto automático» de nuestra propia infancia y gritamos exactamente como nos gritaron.

Reinventarse como madre hoy en día es un acto de valentía extrema. Significa mirar a nuestras madres con compasión, entendiendo que hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían, pero también significa tener la firmeza para decir: «Gracias mamá, pero en mi casa esto se hará distinto».

No busques la perfección en este proceso. No existe la madre perfecta que combina la disciplina de 1980 con la empatía del 2026. Existe la madre real (TÚ) que se equivoca, pide perdón y vuelve a intentar. Estás construyendo un puente entre el pasado y el futuro. Y créeme, tus cimientos son más fuertes de lo que piensas.

Autor