Hay cosas que una sencillamente no se imagina que van a pasar cuando los hijos crecen, hasta que… bueno, ¡hasta que crecen!

A menudo, cuando estamos en medio del caos de la primera infancia, creemos que lo difícil son esos primeros años. Vivimos inmersas entre las desveladas, el cansancio crónico, cambiar pañales, enseñarles a comer, a dar sus primeros pasos, y luego las interminables tareas escolares. Es, literalmente, correr todo el día.

Y sí, no me malinterpreten, esos años son durísimos. Pero qué cierto y sabio es ese dicho que dicen por ahí: «Hijos pequeños, problemas pequeños; hijos grandes, problemas grandes». (Aunque más que problemas, yo diría que son retos diferentes).

De las piñatas a los planes «de lejitos»

La verdad es que nadie nos prepara para cosas que parecen tan cotidianas pero que te estrujan un poquito el corazón. Cosas como darte cuenta de que ya no te necesitan igual.

De repente, sus cumpleaños ya no se celebran con piñatas, bolsitas de confites y brinca-brincas, sino que ahora son salidas con sus amigos. Ellos empiezan a hacer sus propios planes, y a nosotras, como mamás, nos toca acompañar y celebrar de «lejitos».

Y esto se los cuento desde el fondo de mi experiencia actual, porque mi Sofi cumplió años el pasado 22 de marzo y mi Lucía cumple este domingo. ¿Y adivinen qué? La mayoría de sus planes de celebración fueron y van a ser con sus amigos. En el caso de Lucía, con sus nuevos amigos de la U. A mí me toca la hermosa (y a veces retadora) tarea de irlos conociendo, y sobre todo, de confiar plenamente en los valores y criterios que me he esforzado por enseñarles a las dos durante todos estos años.

La nostalgia de devolver el tiempo

Por supuesto que una como mamá es inmensamente feliz viéndolos crecer. Verlos plenos, independientes y siendo ellos mismos es nuestra mayor recompensa.

Pero a veces… seamos muy honestas entre nosotras: a veces una quisiera devolver el tiempo, aunque sea solo un ratito. ¿Les pasa igual?

A veces añoro volver a esos días cuando nos buscaban para absolutamente todo, cuando siempre andábamos agarradas de la mano, cuando todavía las podía alzar y llenar de besos sin que les diera pena. Son pequeñas cosas que se atesoran en el alma.

Aprender a soltar: Nuestra propia reinvención

Sin embargo, en este camino de ser mamá y mujer a la vez, una termina entendiendo que hay que aprender a soltar poco a poco.

Esta etapa no es una pérdida, es una transformación. Es una etapa pasajera (como todas) de la cual se aprende muchísimo y que debemos abrazar con fuerza. Soltar no significa amar menos, significa amar de una forma más madura, confiando en las alas que les hemos ayudado a construir. Y por supuesto, siempre, siempre amándolos con la misma intensidad.

Si estás pasando por esta misma transición, quiero que sepas que no estás sola. Nos estamos reinventando juntas.

¡Ahora quiero leerlas a ustedes! Déjenme en los comentarios: ¿Cuál ha sido ese momento en el que se dieron cuenta de que sus hijos ya habían crecido? ¿Qué es lo que más extrañan y lo que más disfrutan de esta nueva etapa? Las leo. 👇✨

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